Ascender, caer y levantarse

Claudia del Rosso, 53 años, comerciante
“Mi familia arrancó de abajo. Nací en un conventillo de La Boca, pero uno particular, teníamos un piso sólo para nosotros. En 1961, cuando yo cumplo un año y faltaban cinco meses para que mi hermano menor naciera, nos mudamos a Avellaneda.
En ese tiempo, Agustina, mi mamá, había dejado su trabajo para cuidarme y Nicolás, mi papá, trabajaba de empleado en un comercio de la avenida Regimiento de Patricios en capital al mismo tiempo que abría su primer local en zona sur. Con un poco de ayuda de su jefe y distribuyendo con sus cuñados empezó a crecer comercialmente. En el año ’73 nos mudamos a Sarandí, donde iba a comenzar, gradualmente, nuestro establecimiento como el mayorista de librería más grande del Gran Buenos Aires. Para mis quince años hicimos la fiesta en casa mientras todavía era todo más parque que otra cosa. Ese año se empezó a construir la casa en el piso superior mientras el local quedaba en planta baja y aparecían los depósitos en el fondo. La década del ’80, con el Plan Austral y la hiperinflación, nos ayudó mucho en el crecimiento. Para 1991 comenzamos la reestructuración que iba a terminar por darnos un total de casi 1500 metros cuadrados edificados. Ese mismo año rompimos con los convencionalismos: tuve la idea de filmar una publicidad y pagar el espacio en pequeños anunciantes de canal 13 para promocionarnos en las tandas del programa Fax mientras mi hermano traía la idea de autoservicio de Acapulco, cosa que implementamos casi inmediatamente. Pero el destino nos preparaba una sorpresa nada grata. El mismo año que comienza el efecto tequila mis viejos se divorcian y le tenemos que pagar a mi papá porque se desvincula, dejándonos a mi mamá, a mi hermano y a mí al frente de todo. Yo paso prácticamente a tomar el lugar de él, que había sido la cabeza del grupo mientras los bancos nos sacaban su aval por la deblace económica. Al quedar embarazada de mi segundo hijo, dejo en manos de mi hermano Ruben las compras. Él sobrepasa el stock del local y eso la convertibilidad no lo perdonaba económicamente, era un yunque. Al contraer deuda con los proveedores, firmamos una prenda flotante por un millón de dólares con la empresa Ángel Estrada y terminó siendo nuestra sentencia de muerte. En octubre de 1999 ejecutan el documento, pero vencido. Nuestros abogados y contadores no nos avisan de esto y efectivamente comienzan a cobrarse el importe pactado, forzándonos a bajar la cortina y darle vacaciones adelantadas a los treinta empleados en blanco de Casa Nicolita con la esperanza de reacomodar todo. Al poco tiempo nuestros asesores legales, inútiles que nos entregaron en bandeja de plata, nos comunican que debíamos declararnos en quiebra, de la cual teníamos que responder con nuestros bienes ya que estábamos constituidos como sociedad de hecho, ni siquiera habíamos tenido el recaudo de armar una sociedad anónima a fin de cubrirnos. Lo que tomó veinte años construir en familia desapareció sólo en cinco obligándonos a todos a volver a empezar. Dos años después pude abrir un local enfocado también a los artículos e librería, el cual todavía llevo adelante. Pero ese pasado de grandeza y bienestar quedó sepultado, como un recuerdo de cómo llegar a la cima y caer por los vaivenes de la economía, los malos asesoramientos y los incapaces”.

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