La ira, el detonante revolucionario

Históricamente, la ira es vista como el reflejo de violencia pura de alguien que no sabe controlar su emocionalidad. Es más, una de las consideraciones que más rondan es aquella que dice que es admirable saber controlarla. Lo que por lo general se omite es que su liberación en momentos adecuados puede ser beneficiosa, más aún cuando sirve de motor para generar cambios sociales.
Al hablar de la ira, la concepción de que es una respuesta incivilizada ante estímulos frente a los cuales una persona se siente impotente es bastante acertada, ya que atenta contra las creencias impuestas por las sociedades de derecho que ganaron todo el terreno del globo. ¿Pero qué pasaría si, por ejemplo, fuese un revolucionario quien decide hacer de ella un disparador para llevar a cabo su ideología? Dentro de este ámbito se encuentra alguien que en Argentina convirtió su enojo en un método de protesta: el inmigrante italiano Severino Di Giovanni. El conocido anarcodinamitero fue el responsable de volar la Embajada de Estados Unidos, una sede del City Bank e inclusive el Consulado de Italia mientras allí se encontraban los hombres más cercanos al dictador Benito Mussolini. El “ideólogo de la violencia” se autodefinía con esta frase: “Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso”. Entonces, partiendo de este concepto, la ira disparaba en él la Ley del Talión, por lo cual, frente a la rabia por la represión gubernamental, él respondía con la misma violencia, tal vez desmedida por momentos, pero el único método de darle un cachetazo al poder. Según la psicoterapeuta Sue Parker Hall, la ira es una emoción positiva, pura y constructiva, respetuosa de los demás y utilizada para protegerse, tal cual buscaba Di Giovanni al dejarla fluir y convertirla en el motor de su accionar en defensa de sus colegas y los trabajadores de Argentina. En esta misma línea se encuentra el también anarquista Simón Radowitzky que frente a la represión de la Semana Roja de 1909 comandada por el entonces jefe de policía Ramón Falcón, cobró su venganza iracunda haciendo volar por los aires el coche en que viajaba el uniformado con un artefacto explosivo casero.
Al tener en cuenta historias así, la ira es efectivamente el paso previo a la reacción violenta que, encauzada, termina siendo la sangre que bombea por el brazo del accionar revolucionario y le da vida y forma al despertar de una sociedad frente al pisoteo que los Estados llevan a cabo sobre los habitantes del mundo.

Las leyes y las protestas pacíficas terminan en la nada por el simple hecho de que son débiles ya que no buscan combatir porque “el que no lucha por lo que quiere no merece lo que desea”. Si la ira fuese utilizada sólo como disparador de accionares positivos, como en varios casos lo es, más que un pecado sería una bendición. 

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