Libertad o muerte

“Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso”.
Al hablar de anarquistas que ejercieron la acción directa para hacer notar sus reclamos, sin lugar a dudas el más resaltante fue el italiano Severino Di Giovanni, el “ideólogo de la violencia”, como supo definirlo un director de teatro ácrata corrigiendo la definición del historiador Osvaldo Bayer. Murió joven, pero su legado es eterno.
Proveniente de Chieti, Italia, se crió rodeado de las postales que dejan las guerras: el hambre y la pobreza. Di Giovanni encontró en la rebeldía el modo para expresar su personalidad introvertida y tímida. Esto, además, lo alejaba de los demás niños durante su infancia y se refugiaba en la lectura y el dibujo (era un excelente dibujante) para satisfacer su espíritu. Autodidacta, como todo ácrata, supo nutrirse de los grandes pensadores del anarquismo, aunque el que más lo marcó fue el francés Eliseo Reclus.
En 1922, con el fascismo al poder, contrae matrimonio con su prima Teresa Masciulli. Ambos solían compartir mucho tiempo juntos, lo cual llevó a la familia a creer que sucedía algo más que una simple amistad entre ellos y, dado el machismo dominante de la época, los obligaron a casarse. De hecho, fue Severino quien le enseñó a leer a Teresa en una época en la cual se les prohibía a las mujeres a estudiar. Cabe destacar que, en esos tiempos, Di Giovanni, además de haber aprendido por sus propios medios a ser tipógrafo, era docente. La persecución de anarquistas en Italia llevó a la pareja a emigrar hacia Argentina con sus tres hijos.
Aunque inicialmente se radicaron en el partido de Morón, dados los frecuentes viajes de Severino a la Ciudad de Buenos Aires deciden radicarse aquí, donde conoce a Paulino, Alejandro y América Scarfó, esta última será pareja de Di Giovanni luego de que se separe de Teresa, al hospedarse en el conventillo que sus padres poseían. En esa época comienza la parte más activa de su accionar.
En 1925 comienza, en una imprenta propia, a producir el periódico “Cúlmine”, a fin de contrarrestar la propaganda del Estado y difundir las ideas anarquistas. Pero su accionar no quedó sólo allí. Fruto de la ejecución de Sacco y Vanzetti en Estados Unidos, fabricó junto a los hermanos Scarfó una bomba casera que detonó en la puerta de la embajada de dicho país. Más adelante, también voló una sede del City Bank, pero, por un error de cálculo de uno de sus ayudantes, el atentado se cobró la vida de dos civiles, lo que produjo un fuerte repudio por parte de los ácratas pacifistas. Con su grupo perpetraban robos a fin de sustentar económicamente su lucha, además de que durante un tiempo imprimieron billetes falsos. También fue el responsable de la voladura del consulado italiano, en el cual mató a siete fascistas del régimen de Mussolini que se encontraban de visita en el país.

El 31 de enero de 1931, Severino salía de su imprenta de la Avenida Callao llevando consigo unas traducciones de Reclus cuando fue interceptado por la policía. Esto generó una gran persecución por las calles de Buenos Aires, en la cual decenas de efectivos disparaban contra el anarquista, quien se defendía del mismo modo. Una bala perdida disparada por la policía mató a una niña, homicidio que luego le adjudicarían a Di Giovanni. El italiano logró refugiarse en un estacionamiento y trató de suicidarse disparándose en el pecho, pero no lo logró y lo capturaron. Al día siguiente, el 1 de febrero y a pesar de la excelente defensa que le prestó el teniente militar Juan Carlos Franco, lo cual le costó la baja de las fuerzas, Severino fue ejecutado por orden del general José Félix Uriburu. Antes de que las balas impactaran en su pecho, el anarcodinamitero gritó sus últimas palabras: “¡Evviva l’Anarchia!”. 

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