50 años tampoco son nada

Nació de la mano de un mendocino para ser la publicidad encubierta de la marca Mansfield. Pero ese objetivo no prosperó y tomó un nuevo rumbo hacia las historietas de tira diaria. Gracias a la inventiva de su creador, Joaquín Salvador Lavado, se convirtió no sólo en el símbolo de una generación sino de gran parte de un país que aún hoy también busca un mundo como “el que querían los Beatles”. Mafalda de Quino cumplió 50 años de su primera aparición y el gobierno de la Ciudad le dio un espacio en la Usina del Arte para que sus fanáticos de todas las edades pudiesen sumergirse en su mundo.
Una maqueta de Mafalda con su característico moño en el cabello guía a los visitantes apuntando con su dedo pulgar la dirección hacia donde está la entrada a la muestra. A medida que avanzan pueden comenzar a meterse en su universo: Una guarda de algunas de sus tiras a la altura de la cintura acompaña el recorrido de principio a fin, para que no se olviden dónde están y, tal vez, se entretengan un poco leyendo las correrías de esta “beatlemaníaca” junto a su hermano Guille y sus amigos Miguelito, Felipe, Manolito, Libertad y Susanita.
Ya cruzando la soga retráctil que oficia de valla, puede verse una pared decorada de flores de peluche de todos los colores con un sillón adornado de la misma manera donde una Mafalda en 2D espera a que los visitantes se sienten con ella para sacarse una foto. Metros más adelante, la protagonista los espera también, pero esta vez sentada a la mesa, para que sus invitados puedan sentarse a su lado y verla refunfuñar contra la sopa, su enemiga número uno.
Entre los objetos que componen este “museo mafaldiano” no faltan el antiguo tocadiscos Winco desde donde suena una canción de los Beatles ni varias versiones del globo terráqueo amado por Mafalda, desde el clásico mundo enfermo que tiene “un comunismo que vuela” hasta uno aplastado como un óvalo que permite entender cómo los chinos ven el planeta.
Quizás la parte más palpable de este universo de tinta es la recreación de un departamento que se encuentra tras unos tabiques blancos. Al ingresar lo primero que está a la vista es un televisor en blanco y negro con publicidades y series de los años ’60 frente a una alfombra dibujada en el suelo y un sillón de la época. También Se encuentra colgado en un perchero en la pared derecha el clásico maletín del papá de Mafalda al lado de un sillón de dos cuerpos y una mesita con un teléfono negro de disco que los niños presentes jamás usaron en su vida.
Las diversas frases de la tira acompañadas de las imágenes de sus personajes decoran las paredes así como también con un muro con Quino dibujado por sí mismo. Además, los protagonistas de la tira cuentan con “rollos” de cámara fotográfica desplegados para cada uno de ellos, con cuadros específicos con algunas de sus historias.
Para que los más chiquitos se diviertan un poco, hay un sector con mesas donde pueden sentarse a sellar hojas en blanco con siluetas de los personajes y una habitación más con almohadones para sentarse en el piso, pero esta cuenta con un televisor a color donde pueden verse los dibujos animados de la tira.

Es una vuelta a la infancia para algunos y un poco de historia para otros, pero para todos los visitantes esta muestra-museo es la posibilidad de vivir como Mafalda y sus amigos, aunque sea, por un rato.

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