Con el barrio no se jode

“Los hijos de puta me vieron tierno y pensaron que me iba a quedar en el molde”, dijo Manuel horas después. Los ladrones no esperaban que los persiguiese, ni siquiera que se moviera del lugar donde lo habían dejado. Más allá de ser un adolescente de 19 años que estudia Marketing en la concheta Universidad Argentina de la Empresa, más conocida como UADE, su instinto de pibe de barrio arrabalero despertó sus sentidos y encendió la mecha. El Zurdo, como lo conocen entre sus amigos desde hace años, decidió dejar de ser la presa y convertirse en un veloz cazador.
Manuel no esperaba lo que le iba a pasar ese viernes a la tarde. Estaba tranquilo como cualquiera cuando está en la zona donde vivió toda su joven vida, sentado como de costumbre en el cordón de la vereda de la sala de ensayo donde siempre esperaba a sus compañeros. Aguardaba en Olavarría e Isabel La Católica a que los otros cantores de la murga Bombo, Platillo, Elegancia de La Boca, su barrio, llegaran para darle marcha a las glosas con la que decorarían su próxima salida por las calles de la ribera. Dos jóvenes de 24 y 16 años se acercaban caminando juntos y, aunque su aspecto daba un claro perfil de cacos, de ladrones de poca monta con sus gorras y andar cansino, El Zurdo siguió en la suya: texteaba con sus amigos desde el Blackberry negro que su hermano le dio, porque su celular ya no daba para más y tuvo que cambiarlo a la fuerza. Si hay algo que le llama poco la atención son los teléfonos móviles.
“¿A vos te parece que tengo que hacer venir a tu hermano un sábado hasta la comisaría para poder devolverte el celular? Esta burocracia del Poder Ejecutivo me tiene harto”, le contaba cansado Gustavo, Jefe de Servicio de la comisaría 26 de Barracas, a Manuel y a su hermano. Aunque la Policía Federal actúa de manera accesoria al Poder Judicial, dependen de la Presidencia y le tienen que cumplir los caprichitos de trámites a ambos. “Escuchá esto: el menor tiene ocho entradas a comisaría y esta es la tercera causa del mayor, ¿Me querés decir qué carajo hace suelto? ¿No se dan cuenta que va a delinquir otra vez este tipo?”, dice con una mueca de enojo en el rostro mientras un suboficial le pide efectivos para cubrir una parte del barrio. “No tengo más polis”, responde. “Cubrimos cien manzanas con doce policías y tres móviles, magia no puedo hacer”, le dice Gustavo a los muchachos mientras les señala el mapita de su zona, que está pegado en el gabinete de la computadora arriba de su escritorio.
Manuel seguía despreocupado, está acostumbrado a tratar con gente de toda clase social y no hace distinciones por el aspecto de las personas. Acepta que les vio pinta de chorros, pero a un flaco que pasea por las noches con los pibes de la murga por las zonas más jodidas de La Boca no le prendió ninguna alarma. Volvió a agachar la cabeza y clavó los ojos en la pantalla para continuar digitando. Ése fue su error.
“Te tengo un regalito”, dice entre risas Gustavo mientras saca una bolsita blanca de plástico del primer cajón de su escritorio. Adentro estaban el celular, el DNI, porque Manuel se lo olvidó producto de los nervios, y el arma que le pusieron en la nuca al Zurdo. La 9 milímetros no sólo estaba recubierta de cinta aisladora negra sino que era de juguete y pesaba menos que un control remoto con las pilas puestas.
Manu sintió la boca de la pistola en la nuca y automáticamente pensó: “acá me gatillan y cagué”. El ladrón de 24 se le puso atrás con el arma y el otro, el menor de edad, de frente, listos para desplumarlo como un pavo en pleno Día de Acción de Gracias en Estados Unidos. Le exigían que les diera todo lo que tenía encima, tratándolo del peor modo posible para que se asuste y no reaccione. Aunque lo tratasen como a un rey, ¿a quién se le ocurriría hacerse el loco con un caño en la nuca?
Las piernas le respondían a la perfección. Manu juega al fútbol desde los seis años y hoy lo sigue haciendo aunque eso haga que se acueste a la una de la madrugada porque los campeonatos en cancha de cinco son de noche, le corre por las venas. El cagazo que sintió y lo dejó perplejo durante cinco minutos se le convirtió en adrenalina y salió disparado en dirección hacia donde huyeron los que le robaron. Como los tenía a una cuadra y media de distancia y la vista no le falla, pudo seguirlos a velocidad sin que ellos lo notasen. Los ladrones no tuvieron mejor idea que irse para sus casas en La Boca. Y aunque hay valores que se perdieron, uno sigue muy vigente: no se roba en el barrio donde se vive.
-Dale, danos todo pibe.
-No tengo nada pa, mirá: la billetera está vacía y tengo el celular nada más.
-Dame la billetera!
-No, te muestro que no tengo nada de guita, pero tengo los documentos y no te la voy a dar.
Mientras los cacos apretaban a Manuel, un móvil de la Federal pasó por la calle donde estaban ellos. “Hacete el amigo pibe, estamos charlando, está todo bien”, le dijo el que tiene causas penales para no mover el avispero. El Zurdo, que conoce la calle, los tranquilizó y les siguió el juego, lo último que quería era terminar con un plomo en el cuerpo. Cuando el auto de la policía ya estaba fuera de la vista y no había posibilidad de que se los lleven en cana por robo a mano armada, le sacaron el teléfono y se fueron.
Pichu y Fasa, los otros dos cantores de la murga, venían de frente y Manuel les pegó el grito mientras corría: “¡Agárrenlos! ¡Me acaban de robar esos dos!”. Ya no estaba solo: se había vuelto un tres contra dos, una persecución a pie que los ladronzuelos faltos de códigos no esperaban. Los delincuentes huían, perseguidos por los tres murgueros, se habían convertido en presa fácil. Aunque sus captores no lo sabían, los chorros tenían en cuenta que su arma de fuego no era más que un juguete que le sacaron al hermanito de uno de ellos.
Pichu, con sus sesenta años a cuesta, corrió a la velocidad de los pibes. Le pegó un empujón al ladroncito que lo revoleó y lo estroló contra una pared. Manu y Fasa vieron que justo pasaba otro auto de la policía y los llamaron a gritos y con señas. Los delincuentes quedaron cercados tanto por los polis como por los murgueros justicieros. Se les había acabado la joda. El caquito no sólo se comió el empellón de Pichu sino que uno de los canas lo tiró al piso, le rompió la boca contra el pavimento y lo arrastró hasta el móvil.
El hermano de Manuel estaba dormido en el sillón y el teléfono de su casa sonaba sin parar. Atendió entredormido y medio a las puteadas, si hay algo que le molesta es que lo despierten de la siesta.
-Hola, ¿se encuentra Manuel?-preguntó una voz femenina.
-No, pero si querés dejarme algo dicho le aviso.
-Que llame al 4301-3333 porque el Jefe de Servicio de la Comisaría 26 necesita hablar con él.
A las tres horas del llamado, Manuel volvió de jugar al fútbol con sus amigos y ya había hablado con Gustavo para cuando su hermano le avisó. Tenían que ir los dos juntos al destacamento policial. La burocracia exige que el dueño real del objeto robado debe acreditar su identidad y llevar el comprobante de compra o de facturación de la línea para poder retirar el teléfono móvil. Además, ambos tenían que leer y dar conformidad con su firma a un escrito en el cual declaraban que presentaron los papeles correspondientes para poder llevarse un bendito celular. “Miren las vueltas que tenemos que dar para que las personas recuperen sus cosas, encima perder tiempo con peritajes. Eso sí, estos pibes quedaron bien pegados y se van a comer un buen rato adentro”, les dijo el Jefe de Servicio con una sonrisa en los labios. No hay nada que le dé más satisfacción a un policía que ver a los ladrones presos, como señal de que no están trabajando al pedo.

“Ustedes están zarpados. Son pollo acá, con el barrio no se jode. Los vamos a cagar a trompadas cuando salgan”, increpaba Fasa a los chorros mientras estaban esposados en el auto de la cana. Bombo, Platillo, Elegancia tiene banca en todo el barrio, y los muy tontos le robaron al cantante principal. Los pibes de la murga serán buenos, laburantes, pero muchos vienen de abajo y están en contacto con los capos que manejan los negocios del arrabal boquense y mueven los hilos con más influencia que muchos políticos. Y esos sí que no van a permitir que les toquen el culo a los suyos dos giles que no respetan la regla básica de la calle. 

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