Vendedor se nace

Pasan la mayor parte del día en la calle, prendidos a su teléfono celular como si fuese un tubo de oxígeno, cargando cajas de muestras de acá para allá, negociando con comerciantes de todo tipo mientras negocian para sus clientes los descuentos de las empresas que representan mientras reciben reclamos de pagos... tal vez ser corredor o representante de ventas esté catalogado como uno de los oficios más antiguos, pero no por eso carece de un sinfín de matices que enriquecen a estos pícaros personajes.
Con sus 57 años, Marcelo Dubini empieza su día a las 7 de la mañana, baja de la habitación entredormido adivinando los escalones, llega a la cocina a prepararse el mate mientras acomoda su oficina casera. Un cuaderno universitario, la infaltable agenda, el bolígrafo, el celular y el teléfono inalámbrico, acompañados del cenicero, ya tienen su lugar sobre la mesa: Antes de las 8 comienza con su trabajo diario. Las primeras horas de su día acomoda todo a distancia mientras empieza a convencer a algunos clientes para realizar la visita diaria con la promesa de un producto de buena calidad a un bajo precio fuera de lo común en el mercado. De paso, le pide a su mujer, Claudia, que le chequee los mails, cosa que jamás aprende a hacer aunque se le volvió casi fundamental dentro de su trabajo. Es de los vendedores clásicos y la computadora es lo más cercano a un enemigo que tiene: prefiere valerse de un pesado catálogo full color de 200 páginas que lleva en su morral antes que enviar uno hecho en pdf a la casilla de correo electrónico de sus compradores. “El cliente tiene que ver el producto, hay que llevarle la muestra. En su defecto, un catálogo con una buena foto también sirve”, asevera Marcelo, aunque su espalda no piense como él. El tiempo que estuvo sin auto propio hace unos años le empeoraron una hernia de disco, y convencerlo de que deje el bolso de una tira y lo cambie por una valija con rueditas es casi como pedirle que deje de fumar. La puja con los clientes y proveedores por los pagos en término suelen ser un problema, una puja de ida y vuelta en la cual mejor no ahondar demasiado.
Comenzó con esta actividad laboral a los 18 años, siguiendo los pasos de su padre al igual que sus hermanos y Marcelo jamás se desprendió de ella, más allá de sus incursiones en formar distribuidoras. Siempre se mantuvo dentro del rubro de juguetería aunque en los últimos años agregó los artículos de librería a sus productos, para abrir un poco el juego y tener una fuente más de ingreso en estos tiempos tan cambiantes. Trató de distribuir y convertirse en un intermediario de mayores ganancias, pero la mala elección de empleados y proveedores que le jugaron por la espalda terminaron por costarle más dinero que darle réditos. La libertad y la autogestión son su principal motor, aunque a veces se pelee con las tareas administrativas y su mujer tenga que acudir a socorrerlo casi siempre.
“Los ‘rusos’ son buenos tipos, laburantes”, afirma al momento de hablar de la mayor parte de sus clientes de la comunidad judía de la zona de Once, donde también tiene algún que otro representado. Hace casi cuarenta años que trata con ellos, y cuando los menciona afectuosamente esboza una sonrisa en sus comisuras: Inconcientemente sabe que gracias a ellos desarrolló gran parte de sus habilidades de negociación. Y también con ellos se contagia de humor: Es frecuente que se cuenten chistes hasta por teléfono, lo cual hace que algunas veces llegue a su casa descostillándose de risa al tratar de contárselos a su familia ni bien cruza la puerta principal.
Marcelo, luego de organizar su día, emprende el viaje diario. A veces, su ruta lo lleva hacia Balvanera y decide dejar su auto en casa y salir en taxi, porque no le gusta enloquecerse con el tránsito ni buscar estacionamientos. “Al fin y al cabo, me sale casi lo mismo y a veces menos pagarme un tacho que un estacionamiento”, dice. Pero otros días la jornada le permite moverse tranquilamente en su auto al recorrer barrios tanto de la ciudad así como de la provincia. Esos recorridos lo llevan hasta Berisso o La Plata, lo que genera que esas veces regrese pasadas las 19 a su casa, contrariamente a cuando está dentro de la capital que apenas empieza a caer el sol emprende su regreso.
De todos modos, esos días en que llega temprano a su hogar no deja la rutina. Bah, no la deja nunca. Sigue trabajando telefónicamente vestido de un particular elegante sport con sus shorts verdes y sus ojotas, tal como lo hace por las mañanas pero esta vez mucho más despabilado y relajado. Si hace calor, ya abandona la cocina y se instala en el patio con sus cosas, siempre acompañado por el mate y, si la temperatura es más elevada, la Coca-Cola Light se convierte en su bebida para saciar su sed. Su voz retumba en todo el patio, ya que habla con un volumen muy elevado y hasta los vecinos se enteran que si la compra es importante el descuento pasa de un diez a un quince por ciento pero siempre y cuando el pago sea contraentrega. Claudia muchas veces reniega de las costumbres de vendedor de Marcelo, más cuando están a punto de cenar en familia y uno de sus clientes lo llama para hacerle un pedido o una consulta de última hora. “Uno es muy particular. No sólo me llama cerca de las 22 sino que si escucha la voz de mi mujer en el ambiente se bloquea, no habla y puede terminar no comprándome y me obliga a levantarme de la mesa”, dice.

Marcelo cuenta con el carisma de un pícaro sinvergüenza muy convincente, que lo ayuda a remontar muchas situaciones de ventas difíciles y meterse en el bolsillo a más de uno superando la negativa inicial. Uno de sus hijos lo apoda “vendebuzones” y afirma que Marcelo es capaz de venderle un freezer a un esquimal.

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